martes, 4 de marzo de 2014

La paz de mi calle


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Durante las últimas tres semanas la paz reinó en mi calle, la misma calle donde en abril del año pasado algunos vecinos cacerolearon durante días. La misma calle que solo servía para llegar a casa, donde vivíamos cada quien detrás de su muro, donde los niños morían de aburrimiento porque no tenían amiguitos con quiénes jugar.
Después de años de no encontrarnos más allá de un saludo, esta navidad, los fuegos artificiales que lanzaba un vecino con sus hijos nos hicieron salir a todos y terminamos la noche compartiendo la alegría de nuestros niños que descargaban la ansiedad de la espera dando carreras por una calle que ya nunca estaría vacía.
Desde entonces la calle es de todos. Cada tarde, salimos a encontrarnos papás, mamás y nuestro montón de muchachitos con bicis, patinetas, muñecas, perros, pelotas. Allí nos descubrimos mirando a nuestros hijos con los mismos ojos, con las mismas preocupaciones, con las mismas esperanzas. Nos encontramos sintiendo todos el mismo dolor por la rodillita raspada del niño que se cae. Encontramos la confianza, el respeto, el cariño en la certeza de que esos niños son de todos.
Durante las casi tres semanas de guarimbas lejanas, escasas, que habrían en otros tiempos destrozado la alegría que a diario vivimos, nosotros, los vecinos ahora amigos, celebramos cuatro cumpleaños en plena calle, con mesita con torta, tostones y papitas en la acera. Todos juntos preservando la alegría, la paz que queremos para nuestras vidas, pero sobre todo para nuestros niños.
Esta vez no hubo cacerolas, esta vez nuestras diferencias políticas no fueron mayores que nuestras coincidencias: el rechazo a la insensatez que pretende acabar con la paz cotidiana de todos. El rechazo a la violencia, el clamor que exige que todo aquel, sea quien sea, que haya amenazado la paz de nuestras calles, de nuestras vidas, rinda cuentas ante la justicia. El deseo profundo de que la paz de nuestra calle contagie a otras calles borrando barricadas, humo de cauchos quemados y gases. El temor a lo contrario: que todo ese odio que no es nuestro, que esa locura de unos pocos, terminara arrasando la paz de nuestra calle. Y el firme compromiso de no dejar que eso suceda.
Encontramos la paz en nuestro niños y por ellos la preservamos.

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