E
n Porlamar hay un ciber café donde venden jabón, papel higiénico,
azúcar, leche, harina de maíz a precios exorbitantes. Un día llegó un
fiscal del SUNDEE y se hizo una venta controlada. Al día siguiente abrió
el ciber café y vendió jabón, papel higiénico, azúcar, leche, harina de
maíz a precios exorbitantes.
En el terminal de Porlamar cualquiera se sienta en la acera, a plena
luz del día, con dos champú, y una bolsita de jabón de lavar ropa que
compró más temprano y ahí, en dos minutos hace el día vendiéndolo a
alguien que madrugó, no para bachaquear sino para ir cumplir con sus
ocho horas de trabajo. Por ahí pasó el SUNDEE y el bachaquero recogió
sus cosas porque mañana será otro día.
La vecina de un edificio en Juan Griego vende productos “escasos” a
sus propios vecinos por un ojo de la cara. Ahí ¿cómo hace el SUNDEE?
El gobierno debería hacer algo, me dicen en la calle, y yo creo que
tienen parte de razón pero no toda. El gobierno tiene el deber de
aplicar las medidas que anuncia sin las demoras y prórrogas eternas que
terminan diluyendo, no solo a la medida misma sino también la esperanza.
Siento que falta también una acción de los organismos de seguridad
del Estado para, desde la misma cola, penetrar y deshilachar la maraña
de redes de extorsión comercial cuya cabeza encontrarán, seguramente, no
en un barrio pobre sino en casas opulentas de unos señorones que nos
están haciendo una guerra, eso sí, sin ponerse un casco para no
despeinarse sus impecables copetes.
Pero una guerra no se gana solo con generales, para ganarla se necesitan soldados y ahí es a donde quería llegar.
Desde lo chiquito, lo individual; el ciber café de Porlamar, así como
el tipo del terminal o la vecina que se inventó un bodega clandestina
de propiedad horizontal, no existirían si no hubiera quién les pague
rescate por los productos que ellos nos secuestraron. Hacer un ejercicio
de razón y conciencia, negarse a ser extorsionado por productos que en
su mayoría son sustituibles cuando no prescindibles. El bachaqueo, en
esta guerra, es uno de los frentes al alcance de nuestras manos y de
nuestras desiciones. Y ni hablar si actuamos desde la comunidad
organizada.
Actuamos, o nos dejamos torcer el brazo, los bolsillos y la vida mientras nos quejamos inútil y amargamente.
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lunes, 26 de enero de 2015
domingo, 4 de enero de 2015
La crisis como remedio
Voy
a hacer un ejercicio de ingenuidad que, quizá, no sea tan ingenuo:
hablemos de crisis comparando mis finanzas familiares con las finanzas
del Estado. La voy a llamar crisis porque mi ingenuidad no admite
eufemismos y me dice que para enfrentar cualquier cosa hay que saber qué
se enfrenta y para eso lo mejor es quitar todo maquillaje.
El
precio del petróleo cae y nuestro presupuesto se aprieta y mucho.
Algunos se frotan las manos mezquinas celebrando un colapso que desde
hace quince años anticipan y nunca llega. Otros nos preocupamos, y es un
buen principio porque la preocupación indica que reconocemos que hay
una situación que debemos enfrentar, pero esto no basta: ahora hay que
tomar desiciones y ya esto se me está pareciendo a un texto de autoayuda
muy a pesar de mi misma, pero sigamos porque aquí, además, me voy a
poner autobiográfica.
Después
una vida holgada, más que holgada, excesiva, me tocó vivir un
fructífero tiempo de pelazón. Digo fructífero porque fue la pelazón la
que me obligó a pensar y repensarme, a inventar y reinventarme, porque
cuando el agua sube al cuello, aunque uno no sepa nadar, por lo menos
patalea. Bendito sea el pataleo que me condujo a una especie de proceso
forzoso de reorganización de estructuras que finalmente nos acercó, a mi
y a mi familia, un poco más a la libertad.
En
mi nueva situación de austeridad descubrí que sabía hacer muchas cosas
que creía que no sabía hacer, entonces las hice. Además tuve que
sentarme a sacar cuentas en serio, así que peiné mi presupuesto y con
cada pasada del peine caían gastos inútiles, costosos, pesados, que la
abundancia me había impuesto con el cuentico de “la calidad de vida”.
Peiné, peiné, peiné y libre de pendejadas inútiles que simulan
bienestar, fue cuando mi vida realmente empezó a ser de calidad.
Con
el Estado pasa lo mismo: La abundancia tantas veces nos permite
equivocarnos, total, mañana habrá otra vez con qué pagar los errores.
Ahora no habrá con qué pagarlos así que se impone caminar con los ojos
bien abiertos, midiendo cada paso, sin distracciones. Por eso me alegra
que Nicolás, mi Presidente, diga que la crisis del petróleo es una
oportunidad para crecer. Eso me dice que lo tiene claro. Yo,
ya-lo-he-vividomente, sé que si la aprovechamos, el 2015 será un año
victorioso.
lunes, 15 de diciembre de 2014
"No puedo respirar”
No
puedo respirar, fueron las últimas palabras de Eric Garner que murió
estrangulado por un policía de Nueva York. Su delito merecedor de la
pena de muerte, así, en plena calle, arrebatados a sus derechos más
elementales: vender cigarrillos ilegales, es decir que ese señor,
sospechosamente negro, compraba una cajetilla de cigarros, la abría, y
vendía su contenido a cualquier fumador que lo quisiera comprar, cosa
peligrosísima que ponía en riesgo la vida de los ciudadanos de la Gran
Manzana, porque todos sabemos que el cigarro hace daño. Eric Garner ya
no está y los neoyorquinos pueden volver a caminar seguros por sus
calles libres de humo.
Tamir
Rice no pudo decir nada antes de morir. Jugaba en una plaza de
Cleveland a lo que la sociedad le enseñó a jugar: vestido como un
“gangsta” de esos que salen en MTV, con una pistola de juguete disparaba
como sus héroes de la tele y los video juegos. Un niño de doce años en
una plaza, una una llamada al 911, una patrulla que irrumpe al mejor
estilo de Hollywood, ni una palabra, ni una advertencia, solo los
disparos de un policía que jugaba irresponsablemente a ser héroe de la
tele pero con una placa y una pistola de verdad.
Dias
antes, el joven Michael Brown murió abatido por la policía en Ferguson.
Fue entonces la gota que rebasó el vaso y que sigue goteando
impunemente, manos blancas de “la ley” arrebatando vidas negras,
encubiertas por un manto de silencio que ya no puede contener los
gritos.
En
las calles de Nueva York miles claman justicia mientras se enciende un
opulento árbol de navidad en el Rockefeller Center y los príncipes de
Gales visitan la ciudad. Así, entre el cadáver de un pino enorme y los
trajes de la princesa, los medios abrazan el disimulo.
En
Washington, el Senado descubre lo que todos sabíamos: La CIA tortura
gente en centros de detención clandestinos. Con ensayados gestos de
repudio, los senadores relatan los procedimientos relatables y añaden
compungidos, que las esmeradas torturas no sirvieron para nada. No habrá
consecuencias, concluyen.
El
mismo día, ese mismo Senado, cínicamente mira al Sur -sus ojos evitando
tantas fosas comunes que “ya me cansé”- y condena a Venezuela por
violación de los derechos humanos. El mundo, asfixiado por la policía
del mundo, los mira, nos mira y dice: What the fuck?
martes, 9 de diciembre de 2014
Marchar y marcharse para marchar
Como te iba contando
Bla bla bla bla…

Ellos marcharon, marcharon, marcharon contra el castro-chavismo, hasta que de tanto marchar terminaron marchándose a España.
Se fueron convencidos de que habían salvado a sus hijos del cautiverio habanero que analistas globotizantes les habían augurado. Malvendieron todo ante la urgencia de la huída. Mejor era rematar que dejar que el comunismo arrebatara.
Llegaron a España dispuestos a comerse al mundo y convencidos de que el mundo los esperaba ahí, en una bandejita, para que ellos se lo comieran. Sus cálculos hechos a la distancia, torpemente tradujeron euros a bolívares con una aritmética falaz que juraba que allá mil euros los gana cualquiera y que eso son miles y miles de bolívares. “¿Te imaginas el realero?”
Pronto se supieron que mil euros no se ganan fácilmente y que no importa cuántos bolívares sean: allá se paga con eso euros tan difíciles de ganar. Tampoco es fácil alquilar un apartamento si se tiene acento sudaca, y ni hablar de solicitar un empleo si tus zetas no arrojan chispitas de saliva.
Se fueron acomodando como pudieron, dejando atrás sus cómodas vidas, sus fines de semana en la playa, sus viaje anual a Miami, su carro nuevo, sus relaciones sociales. Perderlo todo por no querer perderlo todo.
Nos salvamos -suspiran- hasta que viene un pana de Venezuela a pasar vacaciones: El país se cae a pedazos, les dice cuando lo recogen el su hotel 5 estrellas. Esa vaina está horrible, añade mientras lo acompañan a comprar medio Corte Inglés. Esto sí es vida, sentencia con la boca llena de jamón de jabugo, de ese que cuesta un mes de sueldo por kilo… Los auto exiliados, con el pana que no se fue demasiado, viven por un ratico la abundancia que dejaron atrás.
Se consuelan con las colas en Zara de Venezuela, aferrados a un rollo de papel toilet, mientras en España el sueño se les vuelve pesadilla. Unos pocos regresan, otros se van a países aún más ajenos a hacer vidas aún más distantes de la que soñaron. Tan batuqueados por la realidad y no terminan de darse cuenta…
Entonces llega Podemos y los más apaleados empiezan a creer que pueden. Los más recalcitrantes, crean en Facebook una página anti-iglesias llena de desgarradores testimonios en carne propia, le quitan el saludo a los podemistas y desempolvan pitos, gorras y zapatos para marchar, marchar y marchar…
lunes, 1 de diciembre de 2014
Carola Chávez: El aparato destructivo del país
El “aparato productivo” del país, ese que también se autodenomina decente y pensante, sin un ápice de decencia, y sin pensarlo dos veces, vive de cagarse en el nido.
Aquí hacen sus negocios pretendiendo que el Gobierno les conceda “libertades” que serían consideradas delitos en cualquier país “civilizado”, de esos que ellos admiran tanto.
Convencidos de que son mucho camisón pa’ Petra, sueñan su vida en Miami, mientras pisotean su propia tierra con desprecio, por caótica, horrorosa y niche -dicen mientras convierten cada bolívar que ganan en “este país de mierda” en dólares que mandan para afuera.
Se trata de proteger sus finanzas, explican, porque el bolívar se va para el carajo… ¿Y cómo pretenden que no se vaya al carajo con semejante desangre?
Miami floreció con dinero venezolano exportado por estos sadomasoquistas refunfuñantes que destruyen aquí para construir allá. Y ahora Panamá, donde es más fácil tener una visa, crecen edificios, hoteles, centros comerciales, empresas de todo tipo, o sea, porque Panamá sí es cool.
Por un dólar son capaces de cualquier bajeza. Venezolanos que registran sus empresas en los Estados Unidos, Canadá y Panamá, traen de China y venden en Venezuela, de donde luego expatrian cada centavo obtenido. Otros que autovenden a sus empresas registradas en Canadá marcas que siempre fueron venezolanas, y ahora exigen al Gobierno dólares para pagarse a si mismos sus royalties. Y los que importaron cajas de medicamentos vacías, los mismos que ahora importan, pasan por Go y contrabandean hacia Colombia. El máximo beneficio por el mínimo esfuerzo, lema de estos reyes de las marramucias que encuentran grietas y ahí se enquistan considerando que ese es su derecho sagrado.
Conozco comerciantes que desde un sucucho en Porlamar, vendiendo baratijas por un ojo de la cara, han sacado para abrir otras tiendas supernice, no en Porlamar precisamente, sino en Panamá, que es un Miami chiquito, o sea, yo mandé a toda mi familia a vivir allá… Pero papá se queda, porque es “en este desastre de país” donde saca los reales.
El aparato destructivo del país, que no produce, que chupa, que seca, que chilla y nos amenaza invocando su derecho a la perra gana. Ellos quieren las riendas y yo no quiero imaginar de qué más serían capaces si las tuvieran.
domingo, 30 de noviembre de 2014
¿Guerra sin casco? O sea, never
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O
sea, estos chavistas, ellos diciendo que Fedecámaras está haciendo una
guerra económica, o sea y Jorge Roig, decente y pensantemente, viene y
les canta las cosas clarito, o sea… Mirando fijamente, o sea, la verdad
es que no tan fijamente pero decir fijamente suena más nice, o sea…
Decía que mirando fijamente a la cámara de Venevisión, Jorge Roig
explicó que para hacer una guerra, económica o no, hay que tener un
casco de soldado que él no tiene, o sea, uno de esos que salen en las
películas, o sea, ¡Hello!, y eso lo sabe hasta mi perrita Fluffy, pero
los chavistas, o sea, ellos no, y después se ponen bravos cuando,
libertad-de-expresiónmente, les decimos chaburros, o sea…
O
sea, que hay que ser bien bruto para no saber que las guerras se hacen
con cascos. Todas las guerras, chavistas gafitos, hasta La Guerra de las
Galaxias donde los marcianos tienen unos cascos súper raros así como
que de otro planeta, o sea. Porque uno estudió y ha ido al cine, o sea, y
ha visto millones de pelis de guerra que, aunque sean de mentira, son
igualitas a las de verdad, o sea, y en todas usan cascos, o sea… Menos
en Rambo, pero es que Rambo llevaba una bandana sospechosamente roja que
me dice, o sea, que podría ser un infiltrado cinematográfico del G2
cubano para desmontar el argumento de Jorge Roig, o sea.
Además,
o sea, las guerras no se hacen con corbata y zapatos Prada, o sea, ¿te
imaginas el desperdicio de tener que meter unos Prada, como los de Jorge
Roig, en un charquero? Porque en todas las guerras hay siempre un
charquero, o sea, donde marchando meten las botas con una musiquita
heroica suena en el fondo, a menos que sean las botas de los malos,
entonces lo que suena es un ¡chan chan chán!, o sea, pero buenos o
malos, todos en las guerras usan botas, no zapatos Prada, así que
mírenle los pies a la gente antes de abrir sus bocotas, o sea.
De
paso, este gobierno militarista, o sea, que sí usa casco, saca esa ley
de precios justos que es una injusticia, o sea, porque viola el derecho a
vender todo carísimo para poder ser super rich , o sea, y ahora, para
colmo, cuando a pesar del comunismo alguien logre ganar alguito y se
compre alguna cosita nice, le cobrarán un impuesto al lujo, o sea, que
no es más que el impuesto de la cochina envidia. Eso sí es guerra, o
sea, y sucia.
Ki$$e$,
Kiki
martes, 18 de noviembre de 2014
Tertulia bancaria
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Esperábamos
frente al banco, faltaban diez minutos para que abriera sus puertas,
tiempo suficiente para que se armara una pequeña y entretenida tertulia
en la que solo faltaba el café y el Valium.
“El
gobierno lo oculta” -Escuché a mis espaldas- “El chikungunya no es lo
que dicen, es algo peor, tan malo es que ya hay miles de muertos y no lo
dicen. Yo me enteré por una prima que vive en Miami y, tu sabes, allá
si manejan la información. Y claro, por eso no se consigue acetaminofén,
porque el gobierno lo tiene todo acaparado por si le da chikungunya a
uno de sus “enchufaos”. Así estamos, mi amor, a la buena de Dios y este
pueblo conformista que no se levanta de una buena vez.”
¡Ahhh!,
¡ohhh!, ¡mmmm! -Exclamaron en coro tres señoras, que más que asombro
expresaban satisfacción, inspirando a otro conversador a entrar en el
ruedo de la locura.
“Ahora
si se hunde Maduro. El petróleo se desploma y con él esta dictadura. Ya
veremos de dónde van a sacar dólares.” -Sonrió salivante, con cara de
“se van a tener que comer las alfombras”, mientras estrujaba su carpeta
marrón de SICAD. ¡Ahhh! ¡Ohhh! ¡Mmmm!
“Y
la navidad va a ser espantosa, imagínate que hasta están recomendando
por ahí que reutilicemos los adornos del año pasado… ¡Qué miseria, vale!
Ni la navidad respetan. Yo cada año renuevo mis adornos. El año pasado
era todo lila, precioso, y este año quiero hacerlo todo en blanco y azul
con palomitas de la paz. Ya compré las bolas y los lazos pero me faltan
las palomitas. Es increíble que en un país tan rico como este, hacer el
arbolito se convierta en un calvario. Pero te digo una cosa, así tenga
que pagar una fortuna, porque, para mi, la navidad no tiene precio.”
¡Ahhh! ¡Ohhh! ¡Mmmm!
“Vivimos
un verdadero desastre, lo peor es que ya no quieren que seamos como
Cuba sino como China. ¿Tu has visto a los chinos? Todos uniformados
porque el gobierno los obliga a vestirse iguales, comunismo puro, pues…
Aunque allá sí hay que ir derechito: Si un chino choca con otro en el
Metro se lo llevan preso. Pues, aquí tendrían que hacer una cárcel del
tamaño del país porque el venezolano -siempre en tercera persona- es un
desordenado” ¡Ahhh! ¡Ohhh! ¡Mmmm!
Abrió
el banco, por fin. Entonces los vi caerse a empujones, decente y
pensantemente, tratando de pasar por la puerta, todos a la vez.
sábado, 15 de noviembre de 2014
Cuento de navidad en noviembre
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Cristinita
era la hija de la cocinera de un colegio privado de Caracas. Una
negrita hermosa de ojos achinados, dueña de una sonrisa que hacía
cosquillas de tan linda que era. Estaba entonces en primer grado, ahí,
becada en el colegio donde trabajaba su mamá.
Cristina
era amiga de todos, entre niños hubo pocos roces y los pocos que hubo
eran reproducciones de las palabras de alguna prejuiciosa mamá, dichas
en casa, lejos de los disimulos que la sociedad impone. Todos eran niños
felices de primer grado hasta que llegó la navidad. Es que el amigo
secreto puede develar secretos nada amistosos.
El
día del intercambio llegaron los niños con paquetes de colores con
grandes lazos, globos y cintas. Todos los regalos parecían maravillosos
si los juzgábamos por su envoltorio.
Fueron
pasando de uno en uno, descubriendo a sus amigos y recibiendo sus
presentes. ¡Eran maravillosos en verdad! El último alarido en juguetes
para esa navidad de 1992: las Tortugas Ninjas más ninjas de todas,
Barbies como inventadas por Osmel; todos aderezados con chocolaticos
gringos: Milky Way, Snickers y Kisses de Hershey, porque regalar un
juguetote así, solo, sin ponerle más cariño achocolatado, como que no te
dejaba muy bien. Había que destacar, porque en el intercambio
participaban hijos de algunos prominentes madres y padres, la
competencia era dura y escatimar gastos era exponerte a la vergüenza de
quedar como un pelabolas.
Llegó
el turno de Cristinita, casi al final. Ella, emocionada por todo lo que
había visto, fue a recibir la maravilla que estaba segura que le iba a
tocar. Un abrazo y un paquete, que si bien no era tan grande como los
otros que habíamos visto, tenía un envoltorio bien bonito. Lo bonito lo
arrancó Cristinita en un segundo y luego rompió la caja de cartón que se
interponía entre ella y su juguete soñado.
El
sueño se rompió en pedazos filosos que se nos clavaron en el corazón.
Sus ojitos chinos llenos de lágrimas de dolor, confusión y rabia, sus
manos apretando el regalo: una Barbie usada, muy usada, de pelo enredado
y opaco, que luego tiró contra el suelo. La fiesta se acabó.
“¡Qué
niña tan soberbia! Te aseguro que nunca en su vida ha tenido un juguete
mejor” -Dijo la madre que cometió este despropósito y, tranquilaza,
salió del colegio deseándonos a todas una feliz navidad.
Brujas de última generación
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Primero
fue el Profeta: un brasileño salido de la nada que se convirtió en el
guía iluminado de oscuras caceroleras. Ellas bebían sus palabras al
ritmo del plaka-taca-taca, esperanzadas, porque aquello iba a durar
cinco días. “Dios y la Virgen Dorada de Altamira te oigan y te colmen de
bendiciones, Profeta libertario” -Tuiteaban eufóricas entre cacerolazo y
cacerolazo. Sus hijos, en la calle, encapuchados, portadores del fuego
sagrado de la libertad. El Profeta así se los confirmaba. Madres
bendecidas por un charlatán, orgullosas apretaban en sus manos rosario y
cucharón.
Caducaron
los lapsos del Profeta. Las cacerolas ya no daban para más. El fuego
guarimbero se apagó con el hastío del autoencierro. La esperanza, como
las palabras del Profeta, se apagó.
Pero
no todo está perdido, el plan dirigido al “pueblo ignorante” y
supersticioso continúa, su mensaje de terror: sangre, sangre y más
sangre, terremotos, maremotos, epidemias mortales, explosiones, uranio
empobrecido, amenazas de muerte con nombre y apellido, castigos divinos
todos. Las siete plagas de Egipto renovadas en nuestra geografía,
anunciadas por videntes, brujas, tarotistas de Twitter, convertidas en
titulares de infames medios diseñados por sifrinos para ese pueblo que
creen ignorante, ahí, imperdible, entre la foto de una mujer medio
desnuda que apunta al lector con puyudos pezones y los números para el
próximo sorteo de la lotería.
Para
que coman miedo, miedo y miedo, para que se caguen, pues, para que se
dejen de la pendejada de apoyar al gobierno que los apoya y se
arrodillen pidiendo perdón. Que pidan perdón, que salgan a matarse entre
ellos, pero eso sí, que no salpiquen mucho para acá; que sean brazo
ejecutor de unas profecías de laboratorio para que quede claro que no
hay ciencia más exacta que el Tarot. Que dejen la soberbia de querer ser
gente y acepten que estamos sometidos a los designios de un Dios
furioso que habla a través de brujas de ultima generación. ¡Pueblos del
mundo, arrepentíos!
Proliferan
las brujas 2.0, todas con una sola voz, “tanta coincidencia tiene que
ser verdad”. Y el pueblo atento, no a las predicciones sino a las
amenazas que éstas entrañan. Mientras tanto unas señoras de El Cafetal
se pasan emocionadas las profecías por el PIN con un piadoso “Hágase tu
voluntad”.
lunes, 3 de noviembre de 2014
Quedarse demasiado
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A
finales de los 70 ya miles de venezolanos vivían en Miami, ta’ barato
dame dos. Aquella ciudad de utilería era La Meca. Ser clase media y no
haber ido a Miami era ser en una espacie de bicho raro.
Ir
de vacaciones era una cosa, pero quedarse era lo máximo. Desde entonces
los venezolanos clase media nos convertimos es expertos en leyes de
inmigración gringa: I-20, H-1 o green card, eran parte de nuestro argot.
Supimos, además, que si tenías un hijo en Miami, este sería ciudadano
americano, que es lo mejor que te puede pasar en la vida, of course,
porque él no tendría que pasar por las penurias que uno pasó para poder
quedarse en aquel paraíso de cartón y, de paso, a los 18 años te podría
“reclamar” para que tuvieras, por fin, tu ansiada “residencia
americana”. Parir en Miami, era subir de golpe ese escalón que se impone
la clase media con cada generación, aspirando a llegar a la azotea de
los verdaderos millonarios.
Luego,
en los años 90, la Unión Europea invitó a los hijos sus ciudadanos
emigrados, a recuperar su nacionalidad. Españoles, italianos,
portugueses respiraron “ese aire de país”.
Los
colegios privados y las universidades -públicas y privadas- alentaban, y
alientan a los estudiantes a “irse demasiado”. El futuro está afuera:
te vas a estudiar, luego tienes un año legal para trabajar y si te
contratan, te quedas forever y eres very happy.
Educados
en una arrogante no pertenencia, con distancia y categoría, moldeados
por el sueño americano, venezolanos agropónicos, con sus raíces en el
aire, buscan plantarse en otras tierras y, una vez allá, añoran los
Cocosettes, la Frescolita, las playas, para sentirse un poco de aquí,
por no ser fulanos de ninguna parte.
“Se van las mentes más brillantes” -nos dicen- así que el que no se vaya es idiota.
Clasemediamente,
me fui en 1995, parí en Miami a una que niña amaba el migote de arepas,
que luego se resistió a las bufandas del invierno español, que añoraba
tener unos abuelos que casi no conocía. Tenía 5 años cuando vino a su
país y en sus ojos iluminados por este sol sabrosón, vimos que todo lo
que necesitábamos estaba aquí.
Regresamos
aprendidos y por fin echamos raíces en el suelo fértil que nos habíamos
negado. La más acertada decisión de nuestras vidas ha sido esta de ser
idiotas y quedarnos demasiado.
lunes, 13 de octubre de 2014
Delitos no tan virtuales
Ella
se levanta temprano, saluda a su gato que la mira y la deja sola en su
siempre solitaria cocina. Mientras hace el café entra a Twitter y lanza
su saludo al mundo virtual: Mataron a un chavista, ¡qué rumba! Al resto
nos los quitamos de encima CON PLOMO -clic-. Prueba un bizcocho con
mantequilla y con los dedos llenos de migas tuitea un salmo, luego una
imagen de alguna Virgen y otra amenaza de muerte. Alguien le responde
indignado y ella le promete más plomo, usando el lenguaje malandro de
quien tiene varios muertos encima. Dispara y dispara sus ráfagas de odio
sintiéndose poderosa escudada tras la pantalla.
Amenaza,
escupe, se revuelca en sangre ajena regocijándose con el dolor que sus
palabras producen. Reta a las autoridades que vengan por ella, que tiene
“plomo” para regalarles, vengan que aquí los espero, cobardes… Tuitea
con furor porque no tiene una sola cuenta, sino varias, donde se
contesta a ella misma, y pelea furiosa mientras cuatro solitarios,
oscuros como ella, la aplauden y ella siente que tiene amigos, que hay
gente que la respeta, que la admira y plomo, plomo, plomo a cambio de la
atención que no consigue en la calle, cuando sale con su cara de gente
decente y pasa de largo como una sombra.
Vinieron
a buscarla, y se hizo el silencio. El plomo como que se lo comió el
gato. Cuatro días sin pantalla y una audiencia en tribunales. Allí pidió
perdón, ahí volvía a ser la solitaria -más sola que nunca-. Vistiendo
su cara común, esta vez, con toda el alma que no tiene, tratando de
pasar del largo.
Un
“intelectual” tuitero, quema su única neurona buscando prender fuego a
una ramita mojada: “Aquí hay tanta libertad de expresión que aún
permanece presa la tuitera @Fulanita por el atroz delito de decir lo que
piensa.” Y ciertamente, está presa porque dijo lo que piensa y lo que
piensa, entre otras cosas, es que la muerte de un adversario político es
motivo de rumba e incita a otra muertes para seguir rumbeando, de paso,
amenaza con ráfagas de “plomo” a quien quiera aguarle la fiesta.
Que
hoy aparezca con cara de quien no rompe un plato, que frente a la ley
se acobarde, no dice que en la oscuridad no fuese capaz de hacer lo que
piensa. Lorent Saleh también dijo lo que piensa y el resultado es un
asesinato motivo de rumba para esta “arrepentida” tuitera.
El Día del Arroz con Mango
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Porque
me llamo Carola Chávez, porque pienso, escribo y hablo en español.
Porque mis labios son gruesos, mi pelo ni lacio ni crespo y mis ojos,
dicen, almendrados. Porque amaso el maíz para hacer el pan de cada día y
en diciembre le pongo aceitunas, pasas, vino blanco y cochino. Porque
mis caderas se subleban de este cuerpo modosito cuando repica un tambor
de la costa. Porque esta tierra que piso es mía, como mío es este cielo
surcado de guacamayas y cara sucias. Porque aquí pertenezco. Porque no
soy española, no soy indígena, no soy negra y soy todas esas cosas a la
vez. Porque soy americana.
Soy,
como todos, un accidente de la historia, de ese proceso continuo de
creación y destrucción que nos trajo a donde hoy estamos, que nos hace
lo que somos.
No sé renegar de mi hispanidad como no sé renegar de mis raices caribe y negras, no sé automutilarme, y no quiero hacerlo.
¿Que
mi historia no es bonita? Pues, ninguna historia es: ni bonita ni fea,
porque no se mide la historia en términos absolutos, porque hacerlo es
mirar todo desde un huequito que niega, que oculta y que nos convierte
en seres de la nada, en Marías, Carlos, Juanes, Verónicas y Josés
autoflagelantes, sin pertenencia, avergonzados de ser lo que somos,
malditos inmerecedores de la tierra que amamos.
Porque
me llamo Carola Chávez, porque pienso, escribo y hablo en español,
poque soy de maíz y de tambor, porque soy sincretismo cultural que
abarca todo un continente y nos hermana, yo conmemoro este Día del Arroz
con Mango
Nunca más
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Habíamos
visto los videos, sabíamos lo que tramaban, los llamaban “muñecos”,
objetivos sin nombres ni caras hasta el miércoles pasado. Robert Serra
fue asesinado junto a María, su pareja. “Fue una macabra encomienda”,
explicó el ministro Rodriguez Torres mientras los videos de Lorent Gómez
me golpeaban el alma. Lorent, pequeña bisagra, insignificante bisagra
de un plan que pretende una Venezuela bañada en sangre.
El
miércoles en la noche, mientras asesinaban a Robert y a María, algunos
esperaban noticias del hecho, algunos que sabían, algunos que habían
pagado para que esos dos muchachos murieran, para que se nos partiera el
corazón y de él brotara la rabia, otra vez la rabia que quieren
desbordada y que la conciencia del pueblo represa.
El
jueves en la mañana, las redes sociales supuraban odio y burla y uno se
preguntaba qué clase de gente es esa sin rostro, sin nombre que es
capaz de escupir tan miserables miserias. Miserias sospechosamente
uniformes, repetitivas que podrían tomarse como un consenso general, o
tal vez, y perdonen la suspicacia, como parte de un plan de unos pocos
miserables, esos mismos pocos que necesitan nuestra rabia y que por ella
mataron a Robert y a María.
La
vida real queda en la calle y ahí respiré otra cosa. Amigos, vecinos,
gente que uno se encuentra en el mercado, en la panadería, expresaban su
angustia, su rechazo por la muerte de dos muchachos. No había burla, ni
odio, tal vez había miedo, dudas, pero no había miserias. Entonces vi a
otra oposición: gente normal y corriente, con sus prejuicios sí, con su
visión distinta a la mía, pero angustiadas por lo que plantea la
violencia política que nos sacudió esa mañana.
Los
mismos que han sido arrastrados a mil aventuras suicidas, ahora sin su
dosis televisada de odio, tal vez desintoxicados, víctimas de la
violencia guarimbera que al principio apoyaron solo para que ésta
terminara arrollándolos, huérfanos de un liderazgo cuerdo que los
represente, que sea antichavista, sí, capitalista, también, que crea que
nuestro norte es el Norte, no importa, porque eso creen ellos, pero que
como ellos, estén lejos de pretender importar la violencia política al
país donde vivimos, donde crecen nuestros hijos, donde, con un “nunca
más”, quedarán sembrados nuestros otros hijos: Robert y María.
jueves, 25 de septiembre de 2014
1889
Uno
tiene la cándida tendencia de ver a los muchachos como muchachotes. Los
ves ahí con esas caras de que se van a comer el mundo, y esa torpeza de
creer que ya lo saben todo. Los imaginas entonces riéndose a
carcajadas, chalequeando a los amigos, enamorándose del amor de sus
vidas una y otra y otra vez, y todos esos despechos. Los sabes
traspasando límites, rompiendo reglas, porque eso hacen los jóvenes.
Todos estuvimos ahí. Entonces ves a Lorent Gomez Saleh, dando saltitos
en su silla, son una sonrisa de niño en navidad, describiendo eventos
espantosos que él mismo planea ejecutar y en el corazón sientes cómo te
arrancan de cuajo la candidez.
Volar
discotecas, “fuego, fuego, fuego” -decía- como si las discotecas fueran
cajas de zapatos vacías, como si no fueran lugares llenos de muchachos,
de hijos, de nietos, hermanos, sobrinos, amigos… Queridos muchachos que
terminarían destrozados, desparramados en un mar de sangre y todo ese
dolor ahogándonos a todos, y todo ese llanto a cambio de una sonrisa de
Lorent.
C4,
granadas, armas de guerra, sangre, sangre, “fuego, fuego, fuego” ,
“todo pro”… y Lorent dando brinquitos emocionado, recibiendo en su
espalda palmaditas del Amo de la motosierra, su amo.
Viendo
la sonrisa siniestra de Lorent trato de imaginarlo de niño y con dolor
me pregunto: qué cosa marchitó en su corazón, qué mano lo llevó a caer a
tan inmundas manos. Si Lorent fuera un niño… pero es un hombre, joven,
sí, pero hecho y derecho -perdón- torcido, que sabía lo que hacía y al
que vimos salivar planificando la muerte de nuestros hijos, los suyos,
amiga opositora, los míos, los de cualquiera… A Lorent no le importa, él
solo quería “fuego, fuego, fuego”…
Sus
mentores, Salas Rommer, María Corina Machado, Leopoldo López, Antonio
Ledezma, esos que ven con asco a los “negritos de El Trigal” como
Lorent, como Vilca Fernández, Gabi Arellano, como cualquiera de esos
ambiciosos “niches pendejos” que se dejan embaucar y bailan al son que
les toquen, por macabro que sea. Sus mentores ahora no saben no
responden, limpian rastros indelebles, los más cínicos le exigen
respuestas para el país, mientras la sonrisa de Lorent se borra en una
celda. Y afuera, sola, con sus sueños rotos, torcidos sueños a costa de
los nuestros, su madre recibe un crudo bofetón de realidad.
lunes, 15 de septiembre de 2014
La vida oscura de Clara: Vigilada
Clara,
la de la vida oscura, sale del gimnasio. La clase de yoga no logró
desanudar sus pobres músculos, que llevan quince años engarrotados por
culpa del castrochavismo. Cargando su bolso de gym y su cartera se
dirige al supermercado para hacer sus compras, como cada semana.
Allí
le saluda un simpático cartelito en la puerta que la insta a sonreír
porque la están filmando. Ni así Clara sonríe… apenas pone un pié dentro
del local, un vigilante la avisa que, para poder entrar a comprar, debe
dejar ese bolso grande en el mostrador de atención al cliente, que ahí
se lo guardamos, atentamente, hasta que termine de hacer su compra,
señora.
En
la caja, a la hora de pagar, le piden su número de cédula para
verificar su afiliación a tan prestigiosa cadena de expendio de comida.
La cajera teclea el número, hace clic y le da la bienvenida llamándola
por su nombre, según lee en la pantalla de la computadora, justo arriba
de su dirección, teléfono y otro montón de datos que Clara les
proporcionó voluntariamente cuando solicitó una afiliación de cliente
que le ofrece, como única ventaja, no tener que repetir sus datos cada
vez que va a comprar.
Clara
paga con su tarjeta de débito y la cajera le indica que debe colocar su
cédula y teléfono en el comprobante de compra, así, como por si acaso.
Automáticamente, Clara garrapatea los datos requeridos, espera su
factura, agarra su compra, recoge su bolso en el mostrador donde se lo
guardaron atentamente y se dirige a la puerta donde tiene que hacer otra
cola para que un vigilante, que al parecer tiene rayos X en los ojos,
escanee su carrito con una mirada punzo penetrante y verifique que lo
que lleva concuerda con lo que dice la factura, solo entonces le sellará
el permiso de salida.
“Me
puede abrir el bolso, Señora.” -Le dice el vigilante con cara Sherlock
Holmes y Clara, sin el más mínimo asomo de rebelión, abre de par en par
el mismo bolso que no le dejaron entrar al mercado, para que el
vigilante compruebe que solo lleva un tapete de yoga, maquillaje, una
toalla sanitaria, ropa interior de repuesto… sus cosas más personales,
pues. Sellada, Clara se va a casa.
Esa
noche, Clara, la de la vida oscura, cacerolea contra la captahuellas,
porque es el colmo que este gobierno te quiera controlar hasta cuando
haces mercado. ¡No es no!
Como quien no quiere la cosa
Hago
mercado todas las semanas y he vivido el proceso que generó las colas
desde sus inicios. El 9 de octubre de 2012, lo recuerdo clarito, fui al
mercado después de cuarenta días lejos de casa. Esa mañana tuve que
esquivar a decenas de acomodadores que estaban remarcando los precios, a
plena vista de todos. Yo le pregunté a uno de ellos y él,
cuchillo-pa’-su-pescuezomente, me respondió que todo iba a subir. Yo,
agarrada a mi carrito tuve un sustico en el alma: sentí que empezaba una
guerra y temí que nadie se estuviera dando cuenta.
El
alza de precios no era suficientemente caótica así que un buen día en
el supermercado dejaron de colocar ciertos productos en los anaqueles.
Tirados sobre sus paletas de carga, sobre un reguero de plástico, en
cajas rasgadas, los potes de leche en polvo se asomaban. La gente, al
verla exhibida en tan inquietante escenografía, tomaba cuatro potes en
lugar del único pote que acostumbraba a llevar. A la leche se le unió el
azúcar, a la que días más tarde se se unirían el arroz, el café y el
aceite… Eso iba dando una sensación de crisis que no aún existía pero se
estaba cocinando y no tardaba en llegar.
Semanas
más tarde otro apretón de tuercas. Entonces, antes de sacar el
producto, anunciaban por los altavoces que dentro de media hora sacarían
a la venta la leche, así que corran y hagan su cola y la gente hacía la
cola, y la leche no salía en media sino hora y media más tarde. Yo vi
con estos ojitos a algunos empleados del supermercado responder a las
quejas de los clientes en cola que se fueran a quejar con Chávez,
caldeando los ánimos de manera peligrosa. Solo cuando estaba a punto de
correr la sangre, hacía su entrada triunfal la leche que era recibida
por la multitud con vigorosos empujones.
Otro
día vi a una paleta de la harina de maíz dar vueltas por el
supermercado, como una carroza, antes de ser colocada en la salida donde
la gente que desde los pasillos la había visto pasar, ya se había
formado en una cola a pleno sol sin que nadie les hubiera dado
indicaciones. Ocho kilos por persona era el premio a su domesticación.
Ayer
los vi sacar varios productos de esos que uno no encuentra, sin
fanfarrias ni colas y todos pudimos comprarlos tranquilamente. Ayer
confirmé que todo esto que hemos vivido nos lo hicieron adrede.
lunes, 11 de agosto de 2014
Maldito Cheverito, o sea…
Cu
ando
uno creía que no se podía reír más apareció Cheverito, el nuevo
personaje promocional de MINTUR, un chamo de comiquitas que nos muestra
las maravillas de Venezuela. Confieso que lo mío con Cheverito no fue
amor a primera vista. Su nombre no me parecía tan chévere. Poniéndome en
mis antiguos zapatos de chama playera ochentosa pensé que nunca le su
nombre que me sonaba medio gallo pero, de vuelta en mis zapatos de
cincuentona, al ver los ataques del sector escuálido de la oposición
sospeché a que algo bueno tenía tan vituperado personaje.
Así
llegué a su cuenta de Twitter, para descubrir que sus mensajes obtenían
decenas de respuestas, algunas de ellas de ese sector escuálido
enfurecido que es capaz de odiar hasta una comiquita si ésta les parece
chavista.
Me
dio risa porque no imagino a nadie en sus cabales insultando a un
muñequito. Tampoco me imagino a algún chavista buscando el Twitter de
Mickey Mouse para decirle que Minnie es una rata y -¡peor!- lanzarle
todo tipo de insultos homofóbicos porque su voz es aflautada. Y no solo
insultan a Cheverito sino que también, algunos de esos escuálidos que se
las tiran de “conciliadores”, hacen lo suyo para que Cheverito
reflexione y que, tal vez, salte la talanquera e incluso -¡quién
quita!-, se convierta en un guarimbero animado y que termine siendo tan,
pero tan cool, que, en vez de Cheverito, todos le digan Coolito.
Hasta
el árbol genealógico le han sacado, y en ciertos los periódicos
reincidentes de la ridiculez afirman en letrotas negras y alarmantes:
“El abuelo de Cheverito es cubano”.
Y
sí, parece que Cuba tuvo su personaje de comiquita para promocionar el
turismo, y a nadie debería asombrar el empleo de tan común estrategia
publicitaria, total, los gringos también tienen sus comiquitas
turísticas: Hey Mickey! Y, si a ver vamos, si yo fuera comiquita
preferiría ser pariente de un muñequito cubano que de un ratón mayamero,
pero eso es cuestión de gustos… y de comiquitas.
Y
así descargan su rabieta, tuiteado a gritos que en este país no se
puede ir ni a la esquina por que es peligrosísimo, carísimo, malísimo…
“Cheverito, abre los ojos, idiota, para que veas la infernal realidad
que vivimos” -Teclean, con dedos embadurnados de bronceador meneando un
whisky en alguna de nuestras fabulosas playas.
¿Y qué nombre le pondremos?
La
MUD se desintegra, saltado los pedacitos que la conformaban. No es la
primera vez, ni será la última. Tantas veces ha pasado: las mismas
caras, las mismas intenciones siempre fallidas, la misma única propuesta
del atajo, del golpe, del sabotaje petrolero, del desconocimiento de la
voluntad del pueblo; bajo la misma batuta que les quita la voz propia,
que no admite reflexión, que secuestra la razón arropando con la sombra
de la sospecha a cualquiera que exprese una sola palabra que no esté en
el guión. Los mismos que volverán con un logotipo renovado, con un nuevo
eslogan que dirá lo mismo de siempre, y un nuevo nombre altisonante con
ínfulas de gloria salvadora. Nada nuevo bajo este sol que ha visto la
misma película mil veces repetida.
Volverán
las fotos con sonrisas tiesas, los apretones de manos que quisieran
fracturar cada huesito de la mano apretada, las caras desteñidas de tan
lavadas anunciándose como el nuevo liderazgo, la nueva opción ciudadana
-nunca popular-, aunque disfrazada de populachera. Volverán adecos y
copeyanos de siempre en todas sus nuevas denominaciones a repartirse las
migas y los dólares del Departamento de Estado que los hacen bailar.
La
MUD se desintegra y el opositor promedio, ese que no milita a favor de
nada sino en contra del chavismo y que, teledirigido, pone en stand by
su cotidianidad para sumergirse en cualquier aventura guarimbera y otro
día se apaga y aquí no ha pasado nada hasta que vuelva a pasar. Esa
llamada sociedad civil decente y pensante que aplaudió el golpe de Abril
y “¡te queremos Pedro!”, aunque hoy ni pío porque el pasado no existe y
menos si huele a fracaso. Esos que, durante el sabotaje petrolero,
deliraban de dicha porque el país se hundía con ellos adentro. Los de
las firmas planas, los que se tragaron el cuento del fraude todas las
veces, los que creyéndose inmunes se burlaron del cáncer. Los que
descargaron su arrechera. Los que aplaudieron las guayas que degollaban
incautos, los paladines de “La Salida” reciente y fallida, que hoy salen
de vacaciones mientras la MUD se desintegra.
Ellos
están ahí, con su militancia suicida de vacaciones hasta que la
Coordinadora Democrática, -perdón- la MUD, se termine de lavar la cara
cambiándose el nombre y el Departamento de Estado escoja a su nuevo
monigote.
Me chocan los chinos, o sea…
O
sea, uno no tiene en quién confiar: años y años Maria Corina
diciéndonos que aquí nos gobernaban desde La Habana, y uno con ese
terror y esa rabia, o sea, porque esos cubanos malvados nos estaban
dirigiendo la vida y directo al abismo castro comunista, pero no, o sea…
Y
nosotros fúricos con Cuba y los verdaderos malucos los teníamos en
nuestras narices, ahí, donde tantas veces buscamos el almuerzo del
domingo, para llevar, of course… Ahí, donde uno iba tan tranquilo y
pedía arroz, chop suey, pollo agridulce y lumpias… Los malos, amiguis,
¡eran los chinos!
Ya
algo intuía porque desde hace tiempo, cuando quiero comer chino el
cuerpo me grita sushi, que parece chino pero es japonés, o sea, que la
naturaleza es sabia, además que no me van a comparar un California roll
con una lumpia, o sea… Pero el cuento no es el sushi, el cuento son los
chinos que, o sea, se han apoderado de nuestro país mientras nosotros
marchábamos con consignas equivocadísimas como aquella tan melodiosa que
decía “Y no, y no, y no me da la gana, de una dictadura como la
cubana.” Nosotros marchando y los chinos muertos de la risa, aunque la
verdad es que el único chino muerto de risa que he visto en mi vida es
ese gordito de porcelana que tienen en esos restaurantes que juro no
volver a pisar, y que si uno le soba la barriga y que da suerte, o sea,
pero será suerte para los chinos, porque nosotros estamos empavados como
si todos los días fueran friday 13th, o sea, viernes 13.
Y
así fue como amanecimos colonizados por el imperio chino. Vinieron la
semana pasada y compraron hasta La Torre de David, o sea, donde un
montón de chavistas que vivían ahí fueron sacados por el mismo gobierno
por el que ellos dicen que votaron, aunque todos sabemos que nadie votó
por este gobierno, o sea, pero los sacaron, según, para llevarlos a unas
viviendas dignas; pero sabiendo que los chinos están de por medio, o
sea, yo temo por esas personas, o sea, aunque no temo mucho, no vaya a
ser que me los quieran mudar para mi urbanización.
Así
que me chocan los chinos, o sea, por apoderarse de mi pobre país, o
sea, y por algo peor: esos chinos hurriblis comen perritos, o sea que
¿se acuerdan de “se van a llevar a los niños a Cuba? O sea, no. ¡Ahora
se llevarán a nuestras peludas mascotas a China! A Fluffy, o sea,
¡S.O.S!
Ki$$e$,
Kiki Aranguren
miércoles, 23 de julio de 2014
La vida oscura de Clara: Fruncida
Clara,
la de la vida oscura, hace su tradicional maleta de julio mayamero.
Revisa su los últimos detalles y nota que olvidó el desodorante. Frunce
en vano su cara que ya no da para más fruncimiento. En el baño, abre un
gabinete del que se desbordan decenas de frasquitos de su desodorante en
crema, ese que huele a “baby powder” y que blanquea la delicada piel de
sus axilas perfectamente depiladas. “Menos mal que los compré todos
aquel día y que compro todos cada vez que hay”. -Piensa con una mueca
torcida que se supone es su sonrisa-. “Recuerdo la cara de aquella vieja
que me miraba con odio chavista -valga la redundancia- cuando le
arrebaté la caja de desodorantes al acomodador que pretendía ponernos en
los anaqueles. Vieja insolente que pretendía llevarse uno de mis
desodorantes, con ese discursito idiota de que alcanzaría para todos,
señora, si usted no se llevara los 60 potes que trae esa caja. Los
chavistas y su empeño de que alcance para todos es lo que tiene en
ruinas a este pobre país”.
Fruncida
revisa su boleto Caracas-Miami-Caracas y lo estruja contra su árido
pecho como queriendo dar un abrazo solidario a quien que le vende los
únicos momentos felices que recuerda de estos quince años, porque para
Clara, la felicidad solo se existe en el momento en que subes a un avión
para irte de aquí… “Y ahora esto, a estas empresas que tuvieron a bien
venir a este fin de mundo a vendernos sosiego y el comunismo que
pretende secuestrar el fruto de su trabajo restringiendo la libertad de
empresa a empresas que sí saben de libertad de ídem. Y con esos
argumentos de pacotilla, ¿que nos cobraron por un viaje a cualquier
destino cinco veces lo que cobran por ir al mismo sitio desde Bogotá?
Sí, ¿y? Todos sabemos que es por culpa de Maduro. Y ahora dice el
gobierno que hay que revisar, que ese abuso no puede ser. ¡Denles sus
dólares a esa gente y evítennos la vergüenza y los vuelos cancelados!… Y
la ridiculez de decir que lo hacen en defensa del salario… ¿Acaso no
saben que los asalariados no viajan? Lo hacen por ofender: ¡llamarnos
asalariados a la gente decente y pensante de este país!”
Fruncida
se va Clara, la de la vida oscura, dejando en su alacena 18 kilos de
leche, otros tantos de arroz, azúcar, harina… “porque en este país uno
no sabe lo que pueda pasar”.
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