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miércoles, 1 de mayo de 2013

Las prioridades de Rajoy el 1 de mayo están en Venezuela



Primero de mayo. Millones en las calles del Reino de España (cuando la relación entre protesta y parados y entre enfado y sufrimiento sean directamentes proporcionales, otro gallo cantará en esta demediada democracia). Pero el Gobierno de Rajoy vuelve a la carga contra Venezuela, esta vez en boca del verboso Margallo. Dice que quiere ir a mediar en las elecciones en el país caribeño. ¿Pero no quedamos en que ya habían reconocido, como el 100% de la comunidad internacional -salvo los Estados Unidos de Guantánamo-, el resultado electoral? En Venezuela celebran el Primero de mayo anunciando subidas salariales -que siempre están por encima de la problemática inflación en curso-. En el Reino de España, hablando de otros países.
Una de dos: o el shock del PP por los últimos resultados de empleo -el PP que ganó las elecciones prometiendo solventar el paro- les lleva a crear cortinas de humo cada vez más turbias y rasgadas, o el Ministro de Asuntos Exteriores, acostumbrado a hablar con un ser inmaterial que vive desde antes de los tiempos y creyente fiel, además, de que una paloma preñó a una señora sin desflorarla -luego hacen chistes con el pajarito de Maduro-, va por libre, escucha más al Opus Dei que a la prima de riesgo y hace comentarios contrarios a los que les han exigido algunos de sus jefes (REPSOL, BBVA, Telefónica).
En cualquier caso, otra vez el bochorno de que un jefe de otro Estado -en este caso el Presidente Nicolás Maduro- tenga que afearle a España su comportamiento injerencista. Parece que Rajoy no ha entendido -¿o lo ha entendido perfectamente?- que la oposición venezolana está creando un clima de golpe de Estado que se parece demasiado al Chile de 1973 y a la situación que ya vivieron los venezolanos en 2002.
Este martes, la oposición ha organizado una trifulca en el Parlamento (ha impedido la sesión, han lanzado sillas, ha golpeado a diputados, han lanzado escaleras abajo a una diputada chavista). Eso sí, pese a la evidencia de que han sido ellos los que han empezado el zafarrancho (uno de ellos hasta se puso un casco de moto antes de que comenzara el remolino), los medios de comunicación, otra vez, le echan la culpa al Gobierno de Maduro. Los diputados se niegan a reconocer al Presidente constitucional y el Presidente de la Asamblea no les deja hablar. Les recomiendo, señores y señoras de la oposición, que en vez de repetir las maneras propias del fascismo -qué cansados son ustedes- usen la muletilla “por imperativo legal” mientras no sean capaces de ganar las elecciones y cambiar la Constitución. En España, si no cumples las reglas del juego, tampoco te dejan ser parlamentario.
Aunque lo relevante no es esa exigencia legal. Lo sustancial es que están creando un clima propicio a una situación golpista, que no tiene ninguna posibilidad de triunfar, pero que dificulta la tarea de gobierno. Y es ahí donde, otra vez, el Partido Popular está colaborando. Bien por Rajoy: incumple las promesas electorales, aumenta el paro, reprime a universitarios y desempleados, cierra hospitales y escuelas, degrada los servicios públicos, defiende a los bancos ladrones que le roban a la gente la casa y el alma, recibe sobresueldos en sobres lacrados con mierda y el sello del anillo de oro de Aznar, sostiene a una monarquía bajo sospecha, dispara la tasa de suicidios…pero su corazón está en la defensa de la derecha venezolana y de la amenazada democracia Venezolana.
Llueve en el Reino de España.

lunes, 23 de julio de 2012

LOCOS, ENGAÑADOS Y SINVERGÜENZAS

LOCOS,  ENGAÑADOS  Y  SINVERGÜENZAS

                                   Juan  Carlos  Monedero

Mirando las encuestas de Venezuela, es fácil entender que el presidente Chávez saque más de 20 puntos al candidato de la derecha. Sigue sin tener explicación lógica que haya un 25% de venezolanas y venezolanos dispuestos a votar por aquellos que quieren hacer en Venezuela lo que está llevando a España a la ruina. Servidumbre voluntaria. Pero no todos son iguales. Unos lo hacen por locos, otros por engañados. Los peores, por sinvergüenzas.

En la película Matrix, uno de los luchadores de la resistencia, Cypher, decide traicionar a sus compañeros y a sus propias ideas para entregarse en brazos del enemigo. La realidad le parece demasiado “real” y prefiere condenarse a la felicidad de la mentira que le otorga la Matriz. Cuando negocia su traición, y mientras disfruta en un caro restaurante de una comida falsa, afirma contemplando un trozo de carne pinchado en su tenedor: “Yo sé que este filete no existe. Sé que cuando me lo puse en mi boca, la Matrix le dice a mi cerebro que es jugoso y delicioso. Después de 9 años, ¿sabes lo que he aprendido? La ignorancia es felicidad”. Quiten el filete y pongan un traje, un vestido, un carro, joyas, adornos…

En 1553 Étienne de La Boétie escribía “La servidumbre voluntaria”, un texto contra las monarquías absolutas y, en concreto, contra su capacidad de condenar a los pueblos a la sumisión. ¿Cómo los menos son capaces de someter a los más? En esas páginas, el joven abogado francés recordaba que “la primera razón de la servidumbre voluntaria es la costumbre”. ¿Y no es acaso a través de la educación –o de su ausencia- como lograron las oligarquías de América Latina frenar los procesos de cambio? Que siempre mandaran los mismos. Que hicieran del gobierno una suerte de latifundio regentado por cuatro familias que presentaban la gestión de lo público como una propiedad privada. ¿Cómo iba a gobernar el pueblo? Su argumento siempre fue el mismo: no se puede, si pudieras lo empeorarías, si no lo empeorases estropearías otras cosas. ¡Conténtate con lo que tienes! El mismo discurso repetido desde la Revolución Francesa. El poder reservado para los menos. ¿Gobernar el pueblo? ¡La revolución! Y purpurados que iban de la iglesia a la mesa de los ricos bendiciendo que las cosas no cambiaran.

En 2008, en la estación de metro Miranda, una señora de edad rompía un paquete de arroz y se lo lanzaba al entonces Ministro Samán gritando: “¡Quiero pagar el arroz más caro!”. Como un novio perplejo regado de granos blancos, el Ministro entendía la rabia de la señora del Este de Caracas. No en vano, los alimentos decomisados en los supermercados ladrones se vendían a precios populares en las puertas de los mismos establecimientos.

¿Quién quiere pagar las cosas más caras? Esa mujer, en el fondo, sabía lo que hacía. El problema no es que ella pagase más por los alimentos básicos. Tenía con qué hacerlo. El problema es que todo un pueblo cubriese de manera más fácil sus necesidades, porque, en la cadena de intereses, esa señora, al final, recibiría parte de la renta que pagarían los humildes. ¿Qué problema hay en pagar 10 cuando recibes un millón? Pero si las oligarquías dejaban de enriquecerse al pagar el pueblo un precio justo, esa señora dejaba de ser una privilegiada. Esa era su rabia. La misma que la de los que dieron el golpe en España en 1936, en Chile en 1973, en Venezuela en 2002. La rabia de los menos contra los más.

Esa rabia de las oligarquías contra los pobres ya está en la Iliada de Homero. Es sencilla de entender. Desde que el ser humano se hizo sedentario hay monarquías y aristocracias.

Pero ¿qué hay de la sumisión voluntaria de los pobres hacia aquellos que les empobrecen? ¿Cómo entender los obreros que han votado en España a la derecha? ¿Cómo explicar que un minero haya elegido a quien le expulsa de su trabajo? ¿Cómo dar cuenta del desahuciado que vota en Grecia por el que le ha robado su casa? ¿Cómo explicar que haya gente humilde o clases medias que pueden pensar en votar por Capriles en Venezuela?

En la crisis actual que sufre Europa hay dos salidas: que los ricos mantengan su bienestar sobre las espaldas de las mayorías o que las mayorías salgan a la calle a defender, como hace 100 años, sus derechos, con todo el dolor y el sufrimiento que esa pelea va a traer. Ayer se llamaba en América Latina “Consenso de Washington”. Ahora se llama en Europa, “dictados de la Troika”. Lo ejecuta la derecha. En España, el Partido Popular. Los amigos de Capriles.

Mirando las encuestas de Venezuela, es fácil entender que el presidente Chávez saque más de 20 puntos al candidato de la derecha. Sigue sin tener explicación lógica que haya un 25% de venezolanas y venezolanos dispuestos a votar por aquellos que quieren hacer en Venezuela lo que está llevando a España a la ruina. Servidumbre voluntaria. Pero no todos son iguales. Unos lo hacen por locos, otros por engañados. Los peores, por sinvergüenzas.

A los canallas hay que combatirlos. Quieren regresar al pasado para volver a hacer de Venezuela su hacienda. A los engañados hay que hablarles. Despacio. Sin enfado. Hasta dejarles claro qué país tenían hace 13 años y qué país tienen ahora. A los locos… Hay que dedicar más tiempo a los locos. A los que no se atreven a ser dueños de su propia vida. A los que prefieren la mentira a la realidad. A los que no oyeron que una revolución no es una tarea sencilla y no saben lo que signifícale esfuerzo de ganarla y el quebranto de perderla. A los locos hay que decirles lo que Don Quijote a Sancho Panza: “Procura descubrir la verdad por entre las promesas y dádivas del rico, por entre los sollozos e importunidades del pobre”.

Para que se sumen a los verdaderos locos. Los que hacen real la utopía. Para que se sumen a los que siguen construyendo esperanza en América Latina ahora que Europa está entrando en una negra noche.